El evangelio televisivo o cuando la verdad se convirtió en ilusión

No hace mucho tiempo, la gente afirmaba con fe: “¡Es cierto, lo he visto en la televisión!”. Muchos, y creo que no soy el único, han perdido su fe en la televisión. Muchos telespectadores habituales, y otros no tan asiduos, han comenzado a desconfiar de lo que las televisiones les ofrecen como verdadero, como real. Desconfían de su palabra. Desconfían de sus imágenes. Buscan un nuevo dios. Y esperemos que nunca lo encuentren.

El protagonista de la gran película Network, Howard Beele, nos ofrece un discurso muy actual que muchos hemos olvidado alguna vez.

Porque la televisión, como dice el protagonista, no es la verdad. ¿O es simplemente una parte de su discurso para que volvamos a creer en ella?

¿Por qué una obra se convierte en un gran éxito y otras no? o cuando las audiencias nos dicen qué ver

Alguna vez habréis escuchado que tal libro o tal película son productos de Hollywood o de entretenimiento, con la consabida visión negativa que esto supone. Algunos son mucho más claros y afirman tajantes que eso es basura y que sólo ve programas de calidad, que solamente se entregan a autores consagrados y que no desperdician su vida con música “chunda-chunda”.

¿Os suena? Si es así, seguramente os habréis formulado en algún momento la sempiterna pregunta: ¿por qué esa película/libro/programa de televisión no es artístico, no es de buena calidad? ¿Qué requisitos requiere un libro, por ejemplo, para no ser un simple “bestseller” y optar al premio Nobel? Todos conocemos (algunos también lo hemos leído) El código Da Vinci de Dan Brown. A mí me hizo pasar un buen rato, pero me tiraría de los pelos si algún día le dieran un premio que no estuviese ligado con los millones de libros que vende. ¿Por qué? El crítico literario más famoso del mundo Harold Bloom se enfadó, y bastante, cuando supo que a J. K. Rowling, la autora de los libros de Harry Potter, le iba a dar un premio tan importante com el Principe de Asturias. ¡Y eso que no tenía nada que ver con la calidad de sus escritos!

¿Por qué entonces se vendieron tan bien esos libros si todos pensamos que no son “buena” literatura?

Lo mismo ocurre con las series o programas que todos vemos en televisión. Programas que casi todo el mundo tacha de “basura” siguen y siguen en antena acumulando cada vez más importancia en las parrillas televisivas.

Un muy interesante análisis de este problema lo presenta nuestro primer colaborador en el blog, Vicente M. Rosso, prometedor cortometrista, cinéfilo y voraz lector (@vmroso).

«Las cadenas de televisión generalistas en abierto rigen su programación por las audiencias. Es decir, las audiencias marcan lo que continúa en antena y lo que no. Las cadenas son empresas, son parte de un mercado, con la ley de la oferta y la demanda. Lo que hoy puede parecer un gran éxito, mañana no lo ve nadie y cae en el olvido, y viceversa (aunque al contrario no suele suceder). Pero, ¿por qué esta esclavitud con las audiencias? Pues por eso, porque son empresas, y su principal fuente de financiación es la publicidad, y las empresas anunciantes a su vez no se van a publicitar en espacios que no los vea nadie. Por tanto las cadenas de televisión se rigen por el rendimiento económico de los programas, que es debido a una alta audiencia (y por tanto a mayores ingresos por publicidad) y a un coste de producción rentable y asequible. Sin excepción alguna, las televisiones aplican esta fórmula en mayor o menor medida, incluso la pública (en España) cuyos intereses en la audiencia no deberían estar tan próximos a las privadas, pero cuyo interés en los costes es igual e incluso debería ser superior al de las privadas.

Centraremos nuestra atención en España a la hora de reflexionar sobre este tema. Las exigencias de las cadenas con los programas tienen que ver con su audiencia. En general en España, no suelen dar mucha tregua. Si un programa va mal en audiencia se quita a la semana siguiente. Y no hablemos si este tiene un coste alto de producción. Los llamados “parones creativos” en España parce que no existen. Estos no son otra cosa que un intento por reflotar la audiencia perdida de un programa, reformulando este. Me vienen muchos ejemplos a la cabeza en Estados Unidos, como el último de El Evento, pero en España, no me viene ninguno. Algo parecido sucedió con Sé Lo que Hicisteis, que sufrió un cambio de formato que le llevó a la cancelación. Pero creo que no es el mismo ejemplo. Los formatos sufren desgaste con el tiempo, como cualquier otro producto del mercado (como un coche, un chicle o un detergente). Pero la paciencia en España no es una virtud propia del medio televisivo. En el lado opuesto están los “dueños” de las audiencias, como los programas de tele-realidad o los autodenominados fundadores del neorrealismo televisivo. Nos referimos a J.J. y su panda, a Sálvame. Es un programa barato y muy rentable, puesto que la audiencia les acompaña. Asumámoslo, a la gente le gusta eso. No hay por qué hacer un discurso apocalíptico del medio (como en Network) al referirse a este tipo de programas. Sin embargo, al investigar el complejo entramado que controla las audiencias observamos con suspicacia un ligero tufo a manipulable, interesado e irreal. Pero insisto, hay que asumir que a mucha gente le gusta eso, Sálvame. Las cadenas menospreciadas por los audímetros, sobre todo por el monopolio de medición que tiene Sofres, buscan una vía de salvación ante sus anunciantes criticando el sistema actual de medición de audiencias, tachándolo con los adjetivos antes expresados. Ya en su tiempo otro sistema de audiencias parecido pero de otro medio, el Estudio General de Medios (de periodicidad trimestral), fue criticado por varios sectores que terminaron abandonando a este. La salida de estos medios del estudio sabemos que no les importa demasiado a las empresas que lo realizan.

Por tanto nos encontramos con una situación en la que conviven tres tipos de empresas interesadas: los medios, los que realizan los estudios para medir las audiencias de los medios, y las empresas anunciantes. Seguro que existen vínculos para nada desinteresados entre estas, y que las empresas medidoras contralan a su antojo a quién inflan más y a quién menos sus audiencias, determinando los ingresos económicos de las empresas audiovisuales. Un cuarto factor, el humano, es decir los trabajadores de los medios, forma parte de esta situación. Son la cara visible de las empresas, los que viven en un sin vivir esperando las audiencias del día anterior. Como el protagonista de Network, muchos serán despidos o reemplazados, o incluso reubicados. Lo malo es que tengan éxito, puesto que ya está condenados a aparecer las veces que le plazca a la empresa. Si tu programa gusta agárrate a tu silla, pues ya están pensando cómo podría gustar más, y gritarás ¡Estoy más que harto y no puedo seguir soportándolo! Piensa que es importante poder trabajar».

El difícilmente accesible mundo de los grandes artistas y genios, de las obras clásicas, es tan tambaleante como los audiencias televisivas.